A finales de los 70 y principios de los años ochenta había un axioma en los tratamientos de ortodoncia que decía que “todo caso de ortodoncia es un caso de extracciones mientras no se demuestre lo contrario”. Con este dogma hemos crecido la mayoría de los que hacemos ortodoncia desde aquellas fechas. Esta regla era la conclusión de la importancia que se daba a la discrepancia, que es la cantidad de milímetros del apiñamiento de los dientes inferiores con respecto al ancho intercanino. A pesar de que evaluábamos muchas variables como la dirección del crecimiento, la oclusión, la desviación de la línea media, los problemas de deglución, etc., es decir, se recopilaba una serie de datos más o menos exhaustiva, al final y en el momento de la elección del tratamiento, todo se reducía a reconsiderar el axioma primero, ya que de las extracciones no se escapaba casi nadie.
Esta idea provenía de que la mayoría de los ortodoncistas españoles habían estudiado en USA o tenían influencia directa de algún modo, con lo cual se guiaban por los parámetros de moda por aquel entonces allí, eran los extraccionistas. En los albores de la ortodoncia Angle no hacía extracciones, pero tenía el problema de que las caras y los perfiles de sus pacientes, que eran en la mayoría caucásicos, se acercaban a una fisonomía afroamericana en muchos de sus tratamientos y no terminaban por gustar a los que lo recibían. Por ello, la ortodoncia americana se hizo extraccionista y los parámetros que se usaron estaban basados en estudios que favorecían la extracción con la excusa de la recidiva. Por aquel entonces y cuando yo empecé en esto, la palabra que más se utilizaba en el mundo de la ortodoncia española era “anclaje”. Ello era debido a que la obsesión del ortodoncista era evitar a toda costa en los casos de extracciones perder ni un milímetro para retraer el perfil de su paciente y conseguir un perfil plano, más al gusto del americano blanco. El problema es que esto se hacía bastante indiscriminadamente y poco a poco muchos ortodoncistas se dieron cuenta de ello, a lo que se llamó la “cara de plato”.
Aquí en España ya empezaron a cambiar estas ideas cuando se introdujo el concepto de “deslizamiento”. Ello significaba que, si bien el axioma continuaba vigente, la preocupación por el anclaje no era tan drástica. El deslizamiento era un concepto en el que se permitía que los dientes se pusieran a sus anchas en los espacios de extracciones, sin tener que soportar con ningún tipo de doblez en el arco los molares posteriores, con lo cual los perfiles ya no eran tan hundidos o “de plato”. Aun así, los parámetros de evaluación diagnóstica se concentraban al final en el análisis de la discrepancia.
Yo tuve la suerte de estar en una clínica con mucha casuística con la oportunidad única de observar todo tipo de tratamientos y de evaluación personal de multitud de pacientes. Lo que observé es que muchos de los pacientes que se trataban con extracciones, si bien los dientes estaban perfectos el perfil podía estar mejor, ya que aquí en España si la nena está un pelín “morrudita” está más mona. Claro está que era una apreciación subjetiva, pero ello implicaba que los parámetros que tenía que regirme para la evaluación del perfil no se tenía que basar en la discrepancia, sino en otros factores.
Entonces está claro que hoy en día la decisión de hacer extracciones es bastante subjetiva, ya que se pueden disminuir ostensiblemente los casos de extracciones mientras se evalúe correctamente y en necesidad de cada problema y de cada cliente la decisión final. Esto no implica que no haya que realizar ninguna extracción para un tratamiento de ortodoncia, sino que en la evaluación diagnóstica hay que ser muy meticuloso para la elección de extracción o no extracción. En primer lugar, no hay que dejar que un programa informático elija por nosotros. He visto que muchos ortodoncista y cirujanos maxilofaciales toman su última decisión basada en lo que dice el software con unas consecuencias catastróficas. Si bien me parece un elemento más para la decisión final, no es más que algo que hay añadir a nuestra evaluación del problema. En segundo lugar, hay que imaginar si la ortodoncia puede mejorar o no el perfil antes de pensar si los dientes se van a quedar rectos, porque esto es sumanente obvio. En tercer lugar, escuchar que es lo que dice nuestro cliente sobre el asunto, ya que lo que a mí a veces me parece un perfil un pelín morrudito o protusivo en nuestro argot, muchas veces tanto a los padres como a los clientes no es así y les gusta, y por lo tanto, ante la duda es mejor no comenzar un tratamiento con extracciones hasta que no se vea si se ha alterado el perfil. Si esto sucede y con las técnicas actuales el tratamiento, no se tiene que extender más la duración de la ortodoncia, porque se puede planear dentro del protocolo trazado por nosotros.
En realidad, esto es lo que ha hecho D.Damon en su técnica y por lo cual a mí no me sorprende nada, ya que es lo que llevo haciendo muchos años, pero me llamo Gilberto y soy un español de a pie. No es que lleve una cruzada contra esta técnica, sino contra el axioma que ahora ha cambiado. Si antes “todo caso de ortodoncia era un caso de extracciones si no se demostraba lo contrario”, ahora desde la propaganda Damon-corporativa el axioma es “con los brackets damon ningún caso de ortodoncia es de extracciones”. La consecuencia es que muchos pacientes que buscan a ortodoncistas que usan esta técnica creen que se va evitar el problema de las extracciones. ¿Pero qué pasa cuando se ven que sus dientes y su perfil después de la ortodoncia son “dientes de caballo”? ¿Y si el ortodoncista les dice después de bien iniciado el tratamiento, que a pesar de sus brackets damon hay que realizarlas y que ellos lo eligieron porque la técnica decía que no habían extracciones? Por tanto las consecuencias de la axiomatización del diagnóstico es que el perfil de los pacientes será o “cara de plato”, es decir, perfiles hundidos o “cara de caballo” o perfiles protuidos
Por eso siempre desde este blog clamo a que nuestra mentalidad se enfoque para el cliente y sobre el cliente, ya que para eso nos pagan. Los pacientes para la seguridad social o los estudios académicos, que ya lo dice la palabra paciente de mucha paciencia. Si somos profesionales liberales, hay que individualizar al máximo los tratamientos y escuchar qué dicen nuestros clientes, es decir, el mejor servicio al cliente desde una mayor perspectiva empática. El mercado es libre y el cliente puede elegir lo que quiera, pero por ese motivo quiero aclarar, que si bien muchos dentistas hablan de pacientes, no dudan en verlos como clientes, pero dentro de una órbita comercial por una demanda, que muchas veces es debida a la influencia negativa que introducen las grandes corporaciones en la mentalidad del consumidor y no como clientes a los que hay que ofrecer el mejor servicio individualizado.